Ninguna crisis es agradable, pero esto no quiere decir
que todas sean negativas, según como nos recuperemos de ellas, y cómo sepamos
aprovecharlas, nos pueden ayudar a conocer mejor dónde estamos, y a dónde
queremos llegar. Las crisis nos inducen
a reflexionar, a hacer un mayor esfuerzo para ir madurando cada día.
En los momentos de crisis debemos recordar que Dios nunca nos deja de amar. Su
mayor anhelo es el de tenernos cerca a fin de que recibamos Su consuelo,
perdón, esperanza y fortaleza, elementos fundamentales en todo proceso de
recuperación. Por eso envió a Su Hijo
Jesucristo, quien sufrió y murió inocentemente a causa de nuestra maldad. Sin embargo, al tercer día resucitó y de esta
forma nos restauró a una verdadera y eterna reconciliación entre Dios y
nosotros.

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